Una médica chubutense, de El Hoyo a África

María Marcela Ponce nació en El Hoyo. Pero vivió en Trelew durante muchos años. Cursó los estudios en el Colegio Nacional hasta que decidió seguir la carrera de medicina en La Plata. Una vez recibida supo que su vida no iba a transcurrir por zonas de confort, sino que le esperaba otra misión en la tierra: servir a los demás. Fue así que con apenas 25 años se enroló en las filas de las Hermanas Misioneras de la Misión Gran Río, una obra que nació en la ciudad donde ella estudió y que tiene un solo norte: servir a los demás.

Su primera misión fue en nuestro país. Añatuya, en Santiago del Estero, la esperaba para poder socorrer a niños y adultos que vivían en la extrema pobreza. “Fue mi primera experiencia. Y fue muy fuerte”, le dijo a Jornada. Después llegaría una peregrinación por varios países, pero su mayor desafío lo vivió en un pequeño lugar, ubicado en el corazón de África y considerado uno de los más pobres del mundo. Alli existe una pequeña localidad llamada Bangassou, ubicada en medio de la selva y con algo más de 35 mil habitantes.

“Estuve 10 años atendiendo sobre todo a enfermos terminales de Sida. Fue entre 2004 y 2014. La mayoría de la gente estaba infectada. Fue un gran desafío cultural junto a gente que vive en extrema pobreza. Alli vi morir a chicos de entre 18 y 25 años. El promedio de vida es de 35 ya que también existen otras enfermedades como el paludismo y hay escasa asistencia médica. Incluso, las mujeres embarazadas se mueren de desnutrición. Yo diría que, en ese lugar, la gente no vive, sino que sobrevive porque las condiciones son muy precarias. Sin electricidad, luz ni gas. Toman agua de los ríos donde también lavan su ropa. Y para colmo existen guerras internas. En una de ellas, me tuve escapar en una precaria canoa”, aseguró Marcela quien actualmente se encuentra en Chile: “Estoy en la periferia de Santiago atendiendo a migrantes venezolanos y haitianos”.

Aseguró que “nadie puede en esta tierra sentirse seguro. Cualquier país puede convertirse en África en cualquier momento. Les puedo asegurar que estar en esos lugares misionando como nos tocó a otras muchas personas y a mi, cambia el concepto que tenemos de la vida. Te hace abrir los ojos y el corazón a otras realidades. Crudas, que duelen. Pero también te deja muchas enseñanzas. En esos lugares todas son familias numerosas, con muchos hijos. Pero al contrario de lo que se pueda pensar, para ellos traer un hijo al mundo no es una carga. Es una bendición de Dios”.

Marcela pertenece a las Hermanas Misioneras de Misión Gran Río, obra misionera que nació en la ciudad de La Plata, el 7 de octubre de 1995, cuya sede es el colegio Redemptoris Mission y cuenta con misioneros laicos que están en diferentes países de Centroamérica, Latinoamérica, Europa y África. La misión es la Evangelización sin fronteras, es decir enseñar la doctrina cristiana católica y animar a todos a vivir el mandato de Jesús de llevar sus palabras y sus enseñanzas hasta los confines de la tierra. Y otro pilar es la promoción humana, ayudar al hombre a vivir con dignidad como hijo de Dios, según relata la mujer de 51 años.

“En La Plata me recibí de medica general. Hice una especialización en el Instituto Pasteur de África, especializándome en prevención, educación y tratamiento de enfermos de Sida. He misionado en varios países de América (Panamá, Haití, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Bolivia, Paraguay, Chile)”. Una experiencia que la marcó fue el terremoto de Ecuador en 2016. Estuvo 3 meses ayudando a la gente no solo a curar sus heridas sino también acompañándola en el dolor de haberlo perdido todo.

Así resume su experiencia africana: “Realice la misión de evangelización y promoción humana en una pequeña localidad llamada Bangassou, de alrededor de 35.000 habitantes, en medio de la selva. Limita con el Congo y el Tchad. Su población cultiva la tierra, realiza actividades de pesca y caza de animales salvajes para vivir. En ese lugar y en las aldeas lindantes, donde se habla el idioma francés y el sango (dialecto, lengua nativa) no se cuenta con agua corriente, gas o electricidad, solo se cuenta con generadores de energía que da luz por un par de horas”

Según le contó Marcela a Jornada “uno de los primeros desafíos del misionero es aprender la lengua local, para comunicarse y comprender la cultura. El misionero aprende viviendo con la gente sencilla, tomando contacto con la realidad del pueblo. África es un país con muchos contrastes, se vive entre la vida y la muerte. Y a los misioneros les toca ser parte de esa realidad. Las causas más frecuentes de muertes en niños menores de 5 años es la desnutrición y la malaria. Y la expectativa de vida es de 43 años. África es un país muy sufrido, por guerras internas, tribales que no respeta ni edad, ni sexo. He visto niños con armas, llamados niños soldados”.

Dijo que “pude colaborar desde mi profesión como médica¸ atendiendo a enfermos terminales de sida, allí muchos jóvenes entre 18 a 25 años pueden estar ya en una fase terminal de la enfermedad. También malnutrición infantil y enfermedades infecciosas que afectan a la población con más frecuencia: malaria, paludismo. En muchas poblaciones, había gran cantidad de gente ciega por la filaria, parasito transmitido por un mosquito ribereño. La dificultad en el acceso a la atención sanitaria por las largas distancias (muchas personas caminan de 7 a 10 horas o en bicicleta para llegar a una centro de salud, demasiado precario) , a lo que se suma la falta de medicamentos básicos y esenciales. Una tableta de paracetamol es como oro, y aun asi, para que alcance debe dividirse para poder tratar a 2 o 3 pacientes”.

Marcela no se detendrá en sus misiones humanitarias. Donde falta algo, estará con su misión porque “nada puede compararse con la gratitud y el cariño de la gente a la que todo le falta”. Evangelizar y ayudar es lo que eligió esta médica que partió desde Chubut hacia el mundo. “Tal vez algún día Dios nos preguntará a cada uno que hemos hecho por los demás. Quizá podamos excusarnos de no haber hecho algo por África, pero no podemos excusarnos de no haber hecho algo por el vecino”.

Fuente: Jornada.