Ya diseñan la recuperación del bosque afectado por el incendio forestal de Cuesta del Ternero

El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) Bariloche propuso colaboración al gobierno rionegrino para diseñar un plan de restauración en las 5.890 hectáreas arrasadas por el incendio forestal que comenzó en Cuesta del Ternero, en El Bolsón.

La reforestación en Cholila donde un incendio forestal arrasó con 50.000 hectáreas en 2015 es el ejemplo de mayor magnitud y con mayor éxito que ponen como ejemplo los técnicos. La clave -aseguran- está en el plan estratégico y no necesariamente en la palabra restauración.

En Cholila, el ingeniero forestal Rodrigo Rovetta elaboró un minucioso informe junto al INTA y el Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino Patagónico (CIEFAP) que incluyó un trabajo de mapeo, con una descripción exhaustiva de la vegetación que se quemó, la probabilidad de que esa vegetación se recuperara por su cuenta y los lugares donde se podría restaurar con éxito. El trabajo incluyó al Estado pero también a los privados.

El INTA -que cuenta con un equipo especializado en genética- participa en proyectos de restauración en colaboración con diversas provincias y Parques Nacionales. El trabajo luego del incendio en el cerro Catedral en 1996 fue uno de tantos y hoy, 25 años después, dio sus frutos.

En relación con el reciente siniestro en El Bolsón, Verónica Rusch, investigadora del INTA del Área de Ecología Forestal, aseguró que hay gran cantidad de vegetación que se podría recuperar “siempre y cuando, el hombre no intervenga removiendo el suelo, extrayendo leña o ingresando ganado”. Tal es el caso de los pastizales y los matorrales (ñire, laura y retamo) que pueden rebrotar después de un incendio.

“Estas plantas más de estepa rebrotan si el incendio no fue excesivamente intenso. Es vegetación que puede cicatrizar si el hombre no interfiere”, resumió.

Esta ingeniera agrónoma contó que en la zona de El Bolsón y El Foyel, a fines del siglo XIX en plena época de la Conquista del Desierto, una carta al general Villegas da cuenta de que “los indios se mandaban mensajes prendiendo fuego las laderas. Luego, se generaron aperturas para la ganadería por parte de muchos pobladores y hubo grandes incendios en la zona. La vegetación que había antes, como bosques de coihues, lengas, cipreses, se transformó en matorrales”.

En el cerro Carbón, próximo al Challhuaco -mencionó- predominaba un bosque de lenga. Sin embargo, se prendió fuego a comienzos de la década del 50 y “ahora es estepa”. “Esas laderas hacia dentro del Challhuaco se recuperaron como matorral. Villa Horrible también era un bosque de lenga pero se quemó y el bosque no se recuperó”, señaló.

Los bosques de cipreses no están tan adaptados al fuego pero si quedaron remanentes, los expertos recalcan que la semilla se dispersa fácilmente y puede recuperarse. La condición es evitar que ingrese el ganado.

La investigadora precisó que los cipreses son muy sensibles a la plantación y lo ideal es plantarlos a la sombra de un arbusto para que no les dé el sol. De otra forma, en verano se calcinan o bien se calienta mucho la tierra y son muy frágiles.

Luego de un incendio en el predio del INTA en Loma del Medio también en los años 50, se comprobó que el ciprés tiene una gran habilidad de avanzar, a diferencia del coihue.

Estos bosques de coihues no se pueden recuperar. Más aún en el caso de El Bolsón ya que estaban en los cañadones.

En los días más ríspidos del incendio en Cuesta del Ternero, los brigadistas no lograron detener un foco que avanzó, de forma descontrolada, hacia un bosque de lengas en una ladera del cerro Piltriquitrón, de 300 años y hasta 30 metros de altura. “Con los lengales se dan distintas situaciones. Si quedan individuos remanentes en una ladera húmeda es fácil de recuperar pero no en los lugares más secos o las laderas más cálidas”, detalló Rusch.

En relación con los troncos caídos, recomendó no moverlos ya que funcionan como trampas de semillas; mientras que los troncos quemados en pie sirven para las aves. “Se llaman legados que ayudan a recuperar el sistema. Muchas aves se sientan en ellos y pueden traer semillas que ayudan. Al menos, se cubre con un tapiz de vegetación” aunque aclaró que, para los bosques de ciprés, coihue y lenga, “el viento es el que transporta las semillas y no las aves”.

La restauración es carísima

Rusch advirtió que la restauración es “la acción más cara”. En solo una hectárea, se pueden colocar hasta 2.000 plantas. En El Bolsón, hay que pensar en las 7.800 hectáreas.

“Por eso, hay que ser estratégicos. ¿Esa vegetación era un matorral? Ayudemos con forraje para que no entre ganado y se recupere. ¿Era bosque y quedaron remanentes? Cerremos y dejemos descansar. ¿No había plantas remanentes? Plantemos algunas plantas grandes que, en 20 años, tengan semillas”, señaló.

Aconsejó esperar a que el suelo se estabilice para elegir los sectores con mayor probabilidad de éxito de restauración.

“Por lo general -señaló Rusch- se trata de lugares de difícil acceso. Muchas veces, se logra llegar a través de helicópteros y por lo general, deben hacerse caminos”.

Si el sector afectado es un cañadón, es necesario buscar el sector más fresco y más húmedo. “Las semillas de ciprés son fáciles de conseguir; no sucede lo mismo con las semillas de lenga y coihue. Es difícil hacer la planta y que después sobreviva”, expresó.

Tiempo atrás, el gobierno provincial puso en marcha un proyecto de restauración para la ladera norte del cerro Otto que no dio resultado ya que se registró una alta mortandad de plantas.

“Con la gente de genética, planteamos la necesidad de buscar la ladera donde haya alta probabilidad de que la planta no se muera. Porque los primeros años uno no las va a regar. Y si hay animales hay que cercar”, señaló.

Por último, insistió: “No es que puedo salir mañana para restaurar. Con el Otto, vaciamos los viveros de plantas de lenga, ñire, coihue y maitenes. Pero es difícil conseguir tantas plantas. Es mucho recurso humano y económico. Por eso, hay que planificar aunque nos cuesten los largo plazos”.

Especies que no están adaptadas al fuego

Rusch aseguró que cien años atrás, los incendios no eran tan frecuentes en los bosques de la región. El cambio climático, sin embargo, aumentó la temperatura y generó una baja de precipitaciones, con mayor incidencia de rayos. “Son tres factores fatales que aumentan los incendios y estos bosques no están adaptados al fuego pese a que, en los años 80, investigadores de Estados Unidos creyeron que estos bosques estaban adaptados al fuego. Muestreos posteriores demostraron que no es así”.

La semilla de ciprés vuela más lejos que la de lenga y coihue. La lenga es más difícil de recuperar porque semilla muy esporádicamente.

Coihue y lenga son sensibles a la sequía y, por eso las plántulas no suelen sobrevivir el primer verano en estas áreas, que son casi linderas con la estepa.

Fuente: Rio Negro.