Por qué un Mundial nunca puede ser solamente un partido de fútbol

El cruce entre Argentina e Inglaterra vuelve a poner en primer plano una discusión que atraviesa al deporte desde hace décadas. La memoria de Malvinas, la construcción de la identidad futbolística y la despedida mundialista de Lionel Messi aparecen como parte de una historia que excede el resultado.

La frase de Lionel Scaloni parece buscar poner el foco en el juego. El DT argentino dice: “Es solo un partido de fútbol”. Sin embargo, alcanza con mirar la historia para advertir que hay encuentros que desbordan los límites de una cancha. Argentina e Inglaterra construyeron un vínculo futbolístico donde el deporte convive con la memoria, la política, la cultura y las emociones de varias generaciones.

No es una discusión nueva. Antes del histórico partido del Mundial de México 1986, Carlos Bilardo sostuvo “No politics, only football”. En aquellos días, Jorge Valdano fue todavía más directo al afirmar: “Es el partido ideal para que los estúpidos se confundan”. Dos maneras distintas de enfrentarse a una pregunta que sigue vigente: ¿es posible separar completamente el fútbol de todo lo que representa?

Vale detenerse en esa tensión porque allí aparece una parte de la explicación. El fútbol no sucede al margen de la sociedad. Los partidos más importantes terminan siendo el lugar donde también aparecen memorias, identidades, reclamos y formas de entender la historia compartida. No porque los protagonistas necesariamente lo busquen, sino porque millones de personas depositan allí significados que exceden el juego.

Esa mirada también encuentra sustento en quienes estuvieron dentro de la cancha. Ricardo Giusti recordó en el libro El Partido, de Andrés Burgo, que: “(…) ganarles a los ingleses era algo para los muchachos que estuvieron en Malvinas”. En la misma obra, Julio Olarticoechea reconoció que le incomodaba que llamaran héroes a los futbolistas porque ese lugar, según entendía, debía pertenecer a quienes combatieron en las islas.

Quizás allí aparezca una de las claves. El partido contra Inglaterra remite a Malvinas, pero tampoco puede resumirse únicamente a ese episodio. El fútbol dialoga con la historia sin reemplazarla, del mismo modo que la memoria colectiva encuentra en determinados encuentros una forma de volver a expresarse.

La identidad también se construye en la cancha

Hay otra dimensión que ayuda a comprender esa relación. La historia del fútbol argentino suele pensarse desde una paradoja: competir con potencias que contaron con mayores recursos y, aun así, construir una identidad reconocible a partir del talento, la creatividad y una forma propia de jugar, resumida durante décadas en la idea de “nuestra” manera de jugar.

En ese recorrido también aparece Inglaterra, identificada como el país donde nació este deporte, aunque este dato sea impreciso, y vinculada a una tradición de poder que el autor contrapone con la experiencia argentina. En ese mismo plano ubica a Diego Maradona, convertido con el tiempo en una referencia que trascendió las fronteras del fútbol para adquirir un significado cultural en distintos lugares del mundo.

Cada persona encuentra su propia manera de atravesar un partido de estas características. Algunos recurren a los recuerdos, otros a las estadísticas, otros a la música, la literatura o las comparaciones culturales. Lo que permanece es la sensación de estar frente a un acontecimiento que convoca mucho más que noventa minutos de juego.

También vale preguntarse qué deja un Mundial cuando termina. Durante algunas semanas el calendario parece ordenarse alrededor de los partidos, pero una vez que la pelota deja de rodar vuelven las discusiones cotidianas. La política, la economía y los conflictos sociales recuperan el centro de la escena. Entre ellos, vale recordar que los jubilados siguen marchando todos los miércoles, aunque golpeados.

Nada cambia de manera inmediata y, sin embargo, algo siempre queda distinto. Esa es la paradoja que atraviesa cada Copa del Mundo: la vida sigue su curso, pero la experiencia compartida modifica la manera en que una sociedad recuerda ese tiempo.

La última de Messi

Si hay una imagen que atraviesa toda la reflexión es la de Lionel Messi disputando su último Mundial. Durante dos décadas su presencia fue parte del calendario emocional de millones de personas. Cada cuatro años volvió a aparecer la expectativa de verlo competir por una nueva Copa del Mundo.

La idea que recorre el cierre no debería colocar la tilde sobre los títulos obtenidos, sino sobre el recorrido. El verdadero legado no estaría solamente en las consagraciones, sino en la posibilidad de haber acompañado una historia que marcó a distintas generaciones desde el primer Mundial hasta el último.

Por eso, más que una despedida deportiva, el final de ese camino invita a pensar qué permanece cuando termina un ciclo. Tal vez allí encuentre sentido la unión de tres nombres que atraviesan buena parte de la narrativa futbolística argentina: Malvinas, Diego Maradona y Lionel Messi. No porque representen lo mismo, sino porque forman parte de una memoria colectiva donde el fútbol deja de ser únicamente un juego para convertirse en una forma de contar quiénes somos.

Avatar photoPor Ada Augelloaaugello@infochucao.com

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