
Desde 1988, Valeria Pisani es una de las caras más queridas de la salud pública en El Bolsón. Con una vocación profunda por ayudar y acompañar, deja huella en cada persona que pasa por la ventanilla, el mostrador o el pasillo donde ella esté.
En el Centro de Salud del barrio Esperanza, donde hoy sigue cumpliendo funciones, Valeria Pisani recibe con la misma calidez de siempre. Su historia es, en muchos sentidos, la de la salud pública local: hecha de esfuerzo, vocación, humanidad y lucha cotidiana.
“Entré el 1 de agosto de 1988 cuando era director del Hospital el Dr. FatTorini. Tenía 18 años y más esperanza que experiencia”, recuerda. Hoy, 37 años después, es una referencia ineludible dentro del sistema, no solo por su trayectoria, sino por la empatía que la define.
Valeria empezó su camino en el hospital local cuando apenas eran 50 empleados. Hoy, con un sistema que creció al ritmo de una comunidad en expansión, su presencia sigue siendo un pilar. “Entré como una prueba. Estuve un año así. Y ya van 37”, dice entre risas, como quien no termina de creer lo rápido que pasa la vida cuando se trabaja por y para los demás.
Pasó por farmacia, archivo, atención al público, estadísticas, derivaciones. Incluso se desempeñó varios años en el hospital de Las Grutas. Siempre firme. Siempre cercana. Porque para Valeria, el contacto humano nunca fue un trámite.
“La palabra empatía se puso de moda con la pandemia. Yo ya la practicaba desde que entré”, dice con sencillez. En cada turno que consigue para alguien, en cada papel que ayuda a completar, en cada respuesta que brinda, deja en claro que su vocación es acompañar.
La pandemia, como para tantos trabajadores de la salud, fue un quiebre. “Zafé, no me agarré COVID, pero el miedo de llevar el virus a casa era muy fuerte. Sacarte la ropa afuera, desinfectar todo, cuidar a los tuyos… Fue durísimo”. Sin embargo, rescata algo valioso de ese tiempo tan oscuro: “Nos mantuvimos comunicados entre compañeros. Ese contacto ayudó muchísimo, fue un alivio dentro de todo”.
Hoy, ya pensando en la jubilación dentro de unos años, pidió el pase al CAPS del barrio Esperanza. “Acá se trabaja distinto, es más personalizado. Conocés al vecino, entendés la problemática del barrio, y eso también es parte de la salud”.
A lo largo de casi cuatro décadas, lo más lindo —dice— es el reconocimiento de la gente. “Te cruzan por la calle y te saludan con cariño. Eso no se compra, eso te lo llevás para siempre”.
Y lo más amargo: la impotencia. “Cuando estás en derivaciones y no le podés dar respuesta a alguien, cuando se te cierran todas las puertas. Ver que no hay voluntad política ni humana para resolver. Eso duele”.
Valeria es de esas personas que trabajan en silencio, sin buscar protagonismo. Pero su historia, su entrega y su sensibilidad la vuelven inolvidable. Porque como ella misma dice, esté quien esté, “yo trabajo por la gente y para la gente”.

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