
En medio de la ola polar, personas en situación de calle enfrentan jornadas extremas. Una charla en primera persona con Pablo Silva, quien describe cómo sobrevive cada día entre el frío, la soledad y la necesidad.
La ola de frío polar golpea con fuerza en toda la región. Pero no a todos por igual. En El Bolsón, mientras las temperaturas caen por debajo de los diez grados bajo cero, hay quienes no tienen un techo donde refugiarse durante el día. Es el caso de muchas personas en situación de calle, que por las noches encuentran resguardo en el Hogar de Tránsito Emaús, pero durante el día deben deambular por plazas, veredas o buscar un poco de calor en espacios públicos como el hospital.
Desde el programa radial “Qué Mañana”, que se emite por Radio de la Cordillera, Pablo Silva compartió su testimonio en primera persona. Un relato crudo, sin adornos, que expone la realidad de quienes sobreviven a un invierno que no da tregua.
“El hogar de Emaús abre a las siete de la tarde y a las nueve de la mañana tenemos que salir. Aunque esté helando, aunque estemos bajo la lluvia, el horario no se mueve. Yo me las arreglo y me vengo al hospital, porque ahí al menos estoy calentito”, cuenta Pablo. A veces logra resguardarse en casa de algún amigo, otras veces simplemente camina o se queda cerca del centro. “Los días son larguísimos. Damos vueltas por la plaza, por donde se pueda. Y cuando llueve, peor”.
La jornada de frío extremo es apenas una parte de una lucha diaria. La falta de trabajo, el rechazo en comercios y oficinas, las tentaciones que ofrece la calle: todo forma parte de una rutina que Pablo conoce de memoria. “Sí, te invitan a tomar algo, y es difícil decir que no. Pero yo tengo que ser fuerte. Tengo que pensar en estar bien para poder seguir entrando al hogar. Ahí al menos hay una cama, una ducha y algo calentito para cenar”.
Las changas son esporádicas y escasas. Pablo a veces arma y desarma puestos en la feria, junta latitas, ayuda como puede. “En construcción no sé mucho, pero de ayudante puedo estar. Igual, está muy duro todo. Cuesta conseguir cualquier cosa”.
La vida en la calle no da tregua. Y más allá del refugio nocturno, durante el día no hay comedores ni asistencia constante. “En El Bolsón no hay comedores al mediodía. Sería bueno, porque una viandita caliente en estas condiciones ayuda mucho”, dice Pablo, con serenidad, pero con la firmeza de quien está acostumbrado a resistir.
Sobre el final de la entrevista, Pablo deja una frase que condensa su lucha: “Tengo que ser fuerte. No puedo aflojar”. Y tal vez sea eso lo que define a quienes, sin nada más que su dignidad, enfrentan el invierno más duro desde el rincón más frágil de la sociedad.
Detrás de cada persona en situación de calle hay una historia. En El Bolsón, esa historia también se escribe bajo cero.

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