
Desde su taller en Villa Turismo, Rubén Rodríguez transforma recuerdos, vivencias y paisajes en esculturas de madera que hoy viajan por el mundo, sin perder nunca su raíz cordillerana.
Rubén Rodríguez es artesano, escultor, docente, y sobre todo, un hombre que lleva más de 30 años tallando la vida con sus manos. En diálogo con el programa “Qué Mañana” de Radio de la Cordillera (105.5), compartió su recorrido vital y artístico, una historia atravesada por la pasión por la madera, el amor por su familia y el deseo profundo de vivir en contacto con la naturaleza.
“Empecé de chico, raspando cortezas de árbol en Buenos Aires”, recordó Rubén, nacido en el barrio San Cristóbal, criado entre Boedo y Pompeya, y fanático de San Lorenzo. Su primer contacto con la madera no fue en un taller sino en la calle, inspirado por su hermano mayor y por los tótems que este colgaba de su cuello durante los años setenta.
Ya en su juventud, mientras trabajaba como profesor de natación, Rodríguez comenzó a esculpir de forma autodidacta, usando cuchillos y gubias, hasta convertir esa necesidad de crear en una forma de vida. “La primera obra que recuerdo con emoción fue una especie de Venus, también hice Cristos. La madera me fue encontrando”, confesó.
El arte fue su manera de entender el mundo. “Hay cosas que están en la obra que ni yo estoy enterado”, explicó, al referirse a las emociones que emergen durante el proceso creativo. Una de sus piezas más simbólicas es “El Canillita”, inspirada en su propia infancia como vendedor de diarios en los colectivos de Buenos Aires. “A los nueve años ya trabajaba, vendía La Razón, La Crónica. Esa escena tiene mucho de mí”.
En El Bolsón encontró su lugar en el mundo. Llegó a Villa Turismo con su compañera para criar a sus hijos “en un entorno más sano”, y allí construyó su hogar y su taller. “El taller era un ranchito sin puertas, con cantoneras. Trabajaba con diez grados bajo cero. Hoy está más presentable, pero fue un largo camino”, dijo entre risas.
Durante 25 años fue parte de la Feria Artesanal, donde vendió muebles tallados y objetos únicos. Hoy, además de producir obras, dirige un taller-escuela en su casa. “Los viernes y sábados vienen alumnos. Cada uno trabaja su propia idea, no es un curso para hacer todos lo mismo. Y en ese proceso aparece el niño interior, la emoción, lo que uno lleva adentro”.
Sus obras han recorrido el país y el mundo: desde el Salón de Avellaneda —donde acaba de ganar el Gran Premio de Adquisición por una escultura inspirada en un zapatero de su infancia— hasta muestras en París, Florencia y Ámsterdam. Pero él sigue con los pies firmes sobre la tierra: “No es que lo que yo hago sea especial. Cualquiera que persiste, que tiene curiosidad, puede llegar. Yo soy simplemente un trabajador”.
Rubén es uno de esos artistas que nos recuerdan que el arte no es un lujo, sino una forma de vivir, de sanar y de contar la propia historia. Como dijo alguna vez Ernesto Sábato: “El arte nos salvará de la locura”. En el taller de Rubén, esa frase cobra forma, textura y sentido.

Sé el primero en comentar