Adicción a las apuestas on line en adolescentes: los riesgos neurológicos de una adicción en crecimiento

Investigadores del CONICET advierten que el cerebro adolescente, aún en desarrollo, es especialmente vulnerable a los mecanismos neurobiológicos que activan las apuestas y otras conductas altamente recompensantes.

El desarrollo de adicciones comportamentales en jóvenes, como la adicción al juego, presenta desafíos crecientes en el ámbito de la salud mental. Desde el Laboratorio de Epigenética y Genómica Funcional del CONICET, la investigadora Betina González estudia cómo este tipo de conductas impactan en el cerebro en formación.

“El mecanismo de la adicción es el mismo, ya sea que se trate de una sustancia o de una conducta recompensante como el juego”, explicó González en una nota realizada en FM 105.5 “La Radio de La Cordillera” y enseguida continúa “En todos los casos se trata de una disfunción en el sistema de recompensa cerebral, que lleva a la persona a buscar compulsivamente ese estímulo, aun cuando sabe que le provoca consecuencias negativas”.

Según detalla la investigadora, la diferencia entre un consumo problemático y una adicción radica en la compulsividad y la pérdida de control. “Cuando alguien no puede dejar de hacer algo que sabe que le hace mal, ahí hablamos de una enfermedad. Esa es la adicción”, señala.

La adicción al juego, al igual que otras, se caracteriza por una escalada en la conducta, una disminución del efecto recompensante y un uso sostenido para evitar el malestar. Ese ciclo de retroalimentación negativa vuelve difícil interrumpir el patrón de comportamiento.

Adolescencia y vulnerabilidad cerebral

Durante la adolescencia, el cerebro aún se encuentra en una etapa de desarrollo clave. En especial, la corteza prefrontal -encargada de regular los impulsos- no ha terminado de madurar. Esto se traduce en una mayor impulsividad y una menor capacidad de evaluar riesgos a largo plazo.

“Los mecanismos que permiten decir que no, o frenar una conducta impulsiva, todavía no están desarrollados del todo en esa etapa”, advierte González. Esta inmadurez cerebral, combinada con la alta sensibilidad del sistema de recompensa, hace que los adolescentes sean especialmente vulnerables a desarrollar adicciones.

Si la exposición a estímulos altamente recompensantes, como el juego, se da en estas etapas tempranas, el riesgo es mayor. Además, este tipo de experiencias pueden interferir en el desarrollo normal del cerebro y aumentar la probabilidad de sufrir adicciones en la adultez.

Un sistema diseñado para la supervivencia

El sistema de recompensa del cerebro humano está diseñado para reforzar conductas necesarias para la supervivencia: alimentarse, vincularse socialmente, hidratarse, entre otras. Esas acciones generan liberación de dopamina, que produce una sensación de bienestar.

“Las apuestas activan ese mismo sistema de recompensa, pero de forma mucho más intensa”, explica la científica del CONICET. Esto ocurre porque hay una ganancia inmediata -dinero u otra retribución- y un grado de imprevisibilidad que potencia la respuesta cerebral.

A esto se suman las condiciones del entorno: sonidos, luces, colores y dinámica de los espacios de juego están diseñados para mantener el interés y reforzar la conducta adictiva. Todo el contexto contribuye a que la experiencia se vuelva altamente estimulante y difícil de abandonar.

Consecuencias a largo plazo

Una exposición temprana y prolongada a este tipo de estímulos puede generar alteraciones duraderas en el funcionamiento cerebral. “Las adicciones son enfermedades del cerebro que generalmente no vienen solas”, señala González. En muchos casos, se asocian a cuadros de depresión, ansiedad o trastornos del control de impulsos.

El problema se agrava si se considera que aún no existe un tratamiento farmacológico específico para la adicción al juego. Por eso, los enfoques actuales buscan abordar las comorbilidades asociadas y trabajar en la prevención desde edades tempranas.

González sostiene que es clave entender la adicción no solo como un problema individual, sino como una condición que tiene bases neurobiológicas concretas. “Si el cerebro se desarrolla en un entorno donde estos mecanismos están constantemente activados de forma disfuncional, se crean condiciones que favorecen la aparición de trastornos más adelante”, concluye.

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