
Rony Paz, director del Instituto Azrieli de Ciencias Neuronales y Cerebrales del Instituto Weizmann, habló con Infobae sobre el equilibrio emocional, el rol de la inteligencia artificial en la salud mental y el futuro de los tratamientos personalizados.
“La curiosidad es mi motivación, lo que me impulsó a tratar de entender al cerebro, un sistema complejo que nos define como humanos”, afirma Rony Paz, profesor y neurocientífico del Instituto Weizmann de Israel. En diálogo con Infobae, desde Miami, Paz profundizó en los avances para comprender cómo ciertas interacciones cerebrales pueden derivar en trastornos como la ansiedad y el estrés postraumático.
Según el investigador, el cerebro “nos permite las interacciones sociales, la cognición, la toma de decisiones, el aprendizaje y la memoria de los recuerdos, y esto lo logra por ser un sistema sumamente complejo”. Su enfoque se centra en dos regiones clave: la amígdala y la corteza prefrontal, consideradas responsables de la interacción entre emociones y funciones cognitivas superiores.
Amígdala, corteza prefrontal y equilibrio emocional
Paz explica que la amígdala procesa los estímulos emocionales del entorno y transforma esas señales en recuerdos, mientras que la corteza prefrontal regula funciones de cognición avanzada. “Esta región está más involucrada en lo que llamamos la alta cognición. Es decir, decisiones muy sofisticadas”, detalla.
El equilibrio entre ambas áreas es lo que permite respuestas adaptativas. Cuando este se rompe, pueden surgir trastornos: “En enfermedades como la ansiedad o el estrés postraumático, este equilibrio se pierde: la amígdala sobrerreacciona y la corteza prefrontal tiene menor actividad, lo que lleva a respuestas desadaptativas”.
Este modelo sirve como base para desarrollar nuevas estrategias terapéuticas. Según Paz, comprender la interacción entre estas dos regiones puede permitir restaurar el balance a través de intervenciones clínicas innovadoras, incluso con la ayuda de inteligencia artificial.
“El equilibrio entre ambas regiones está correcto cuando el cerebro responde adecuadamente al peligro”, resume Paz, destacando la importancia de esa interacción como guía para futuros tratamientos personalizados.

Inteligencia artificial y neurociencia: un vínculo de ida y vuelta
La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta clave en el laboratorio de Paz. “Medimos una actividad que viene de distintas neuronas, de distintas regiones, podemos utilizar las redes profundas de la inteligencia artificial que nos permiten procesar esa actividad”, describe.
El uso de IA permite detectar patrones antes invisibles en los datos neuronales, tanto en estados saludables como patológicos. Equipos interdisciplinarios analizan señales espaciotemporales del cerebro en busca de nuevos códigos que expliquen el aprendizaje, la memoria y los desórdenes emocionales.
Paz también remarca el origen común entre IA y neurociencia: “Algunos lo saben, otros no, pero la inteligencia artificial comenzó con la neurociencia. Los algoritmos básicos provienen de la neurociencia”.
No obstante, aclara que el cerebro aún supera a la IA en muchos aspectos: “Hay muchas cosas que el cerebro hace muchísimo mejor que la inteligencia artificial. Esto hay que aclararlo”. La clave está en entender mejor las reglas del aprendizaje neuronal para, eventualmente, aplicarlas al diseño de mejores sistemas artificiales.

Hacia aplicaciones clínicas personalizadas
Uno de los objetivos del equipo del Instituto Weizmann es desarrollar aplicaciones capaces de modular en tiempo real la actividad cerebral. Estas tecnologías podrían convertirse en herramientas concretas para tratar la ansiedad o el TEPT.
“El primer logro es arribar al diagnóstico, medir y poder decir si hay probabilidad de que se desarrolle ansiedad o estrés postraumático”, señala Paz. A partir de allí, la idea es crear sistemas que actúen en tiempo real para restaurar el funcionamiento emocional adaptativo.
“Creo que estamos muy cerca de crear aplicaciones que realmente ayuden a modular la actividad cerebral para restaurar el funcionamiento adaptativo. Adaptación es la palabra que tenemos que tener en cuenta en el caso de estos trastornos”, asegura.
Paz proyecta un futuro donde se pueda intervenir con precisión neurona por neurona: “Modular esa actividad cerebral como si estuviéramos tocando un piano. Esto es algo que se está desarrollando. Y creo que en el largo plazo podemos ver novedades”.
La curiosidad como motor del conocimiento
Más allá de los avances técnicos, Paz considera que la curiosidad sigue siendo el núcleo del trabajo científico. “Veo muchos estudiantes y creo que hay algo que es común en todos los buenos científicos, ya sean jóvenes o no, es la curiosidad. El dejarse sorprender por la complejidad del cerebro, tratar de entender cómo funciona. Para mí, es lo más importante”.
Al observar a las nuevas generaciones, nota un cambio de enfoque. “La generación actual es más diversa, más amplia, y cada uno puede decidir en qué campo quiere hacer su contribución”, afirma, valorando la formación multidisciplinaria de los jóvenes que se suman a su laboratorio.
Para este investigador, entender cómo se quiebra el cerebro es solo el primer paso. Lo que sigue es descubrir cómo ayudar a repararlo, integrando ciencia, tecnología y una visión que mantenga siempre viva la pregunta.

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