De lo que no se habla: el humo de los incendios forestales puede dañar permanentemente la salud de los combatientes

El pasado domingo fue el Día Internacional del Combatiente de Incendios Forestales en donde se llevaron a cabo numerosos reconocimientos, pero poco se habla sobre los efectos de esta profesión sobre su salud. Además del riesgo que representa enfrentarse a las llamas, cada vez hay más pruebas de que el humo de los incendios forestales aumenta el riesgo de enfermedades neurológicas, además de dañar los pulmones, los riñones y otros órganos. Sin embargo, al día de hoy, los combatientes de incendios siguen sin ser reconocidos como trabajadores de tareas de riesgo.

Aunque el fuego se extinga, sus consecuencias pueden persistir durante años. Científicos alertan sobre los daños neurológicos, respiratorios e inmunológicos que provoca el humo de incendios forestales en brigadistas y personal expuesto.

Mientras las llamas arrasan bosques y viviendas, hay otro enemigo igual de peligroso y menos visible: el humo. Para los combatientes de incendios forestales, estar en la línea de fuego implica inhalar día tras día una mezcla de gases tóxicos, partículas microscópicas y compuestos que pueden afectar múltiples órganos del cuerpo.

El humo de incendios contiene PM2.5 (partículas en suspensión de menos de 2.5 micrones), capaces de penetrar profundamente en los pulmones y atravesar las membranas hacia el torrente sanguíneo. Estas partículas no solo agravan enfermedades respiratorias como asma o EPOC, sino que pueden llegar al cerebro y causar inflamación, daños cognitivos y deterioro neurológico a largo plazo.

“Estamos empezando a comprender que el humo de incendios forestales no es solo un irritante pasajero. Puede dejar huellas permanentes en el organismo, especialmente en quienes están en contacto frecuente y directo con él”, explica Anthony White, neurocientífico del Instituto QIMR Berghofer de Australia.

Efectos sobre el cerebro: memoria, atención y posibles daños neurológicos

Los estudios indican que el humo puede llegar al cerebro por tres vías: a través del torrente sanguíneo, directamente por el nervio olfativo o por una respuesta inflamatoria en los pulmones que termina afectando el sistema nervioso central.

Las consecuencias incluyen la liberación de radicales libres y moléculas inflamatorias que dañan neuronas, alteran conexiones sinápticas y afectan la memoria, la concentración y el estado de ánimo. Investigaciones recientes hallaron un vínculo entre la exposición a humo de incendios y menores puntuaciones en pruebas cognitivas, e incluso se estudia su relación con enfermedades como el Alzheimer y otras demencias.

Pulmones e inmunidad: efectos acumulativos y duraderos

A diferencia de una gripe o una alergia, el daño pulmonar por exposición al humo puede tardar años en manifestarse. En estudios realizados en Montana, Estados Unidos, personas expuestas a incendios en 2017 presentaron disminución significativa de su función pulmonar uno y dos años después, incluso sin síntomas inmediatos.

En paralelo, los efectos sobre el sistema inmunológico también son alarmantes. Investigaciones con monos Rhesus expuestos a humo en su infancia revelaron que, 15 años después, aún presentan una menor capacidad para combatir infecciones, alteraciones hormonales, problemas respiratorios y cambios estructurales en los pulmones.

“Vemos signos de enfermedad pulmonar intersticial, alteraciones del ritmo circadiano y un sistema inmunitario comprometido de forma permanente”, indicó Lisa Miller, inmunóloga de la Universidad de California.

Embarazo, salud mental y otros riesgos

Además del daño físico, la exposición al humo ha sido relacionada con trastornos del estado de ánimo, depresión y deterioro emocional, especialmente en personas expuestas crónicamente. También existen investigaciones que indican mayor riesgo de TDAH y autismo en niños nacidos de madres expuestas durante el embarazo, así como partos prematuros y bajo peso al nacer.

Combatientes: los más expuestos, los menos protegidos

Brigadistas, bomberos forestales, rescatistas y personal de apoyo en incendios enfrentan las peores concentraciones de humo durante períodos prolongados, muchas veces sin la protección respiratoria adecuada o sin un seguimiento médico posterior.

A pesar de que en muchos países se aplican protocolos de seguridad física en los incendios (ropa ignífuga, hidratación, rotaciones), el monitoreo de la salud pulmonar y neurológica del personal sigue siendo escaso o inexistente.

“Es urgente establecer estrategias de protección, monitoreo post-incendio y estudios a largo plazo que permitan dimensionar el impacto real sobre estos trabajadores esenciales”, sostiene Luke Montrose, toxicólogo ambiental de la Universidad Estatal de Colorado.

Cómo reducir el riesgo

Los expertos coinciden en que no existe una forma completamente segura de exponerse al humo, pero sí se pueden tomar medidas para reducir el impacto:

Usar mascarillas adecuadas (N95 o superiores) durante toda la jornada.

Minimizar el tiempo de exposición y establecer rotaciones entre brigadas.

Evaluar periódicamente la función pulmonar y el estado inmunológico del personal.

Garantizar acceso a atención psicológica y neurológica post-incendio.

Invertir en más investigación local y regional sobre los efectos específicos en comunidades afectadas y trabajadores del fuego.

Aunque el humo se disipe con el viento y el fuego sea controlado, las consecuencias para quienes combaten incendios forestales pueden durar toda la vida. Dar visibilidad a este problema es el primer paso para proteger a quienes arriesgan todo por salvar lo que queda.

Con información de National Geographic.

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