“Ni el fuego nos hizo irnos”: la historia de Guido Infante y María Rogel, guardianes del campo en Mallín Ahogado

Don Guido Infante y María Rogel, antiguos pobladores de Mallín Ahogado, enfrentaron el feroz incendio del verano sin pensar en abandonar la tierra que habitan desde hace generaciones.

En un rincón profundo de Mallín Ahogado, donde las montañas abrazan al bosque y la historia se escribe con esfuerzo y humo, Guido Servando Infante y María Rogel, una pareja que lleva toda una vida juntos, siguen de pie. Son viejos pobladores, de esos que no necesitan papeles para demostrar su arraigo. Su familia se asentó en Mallín hace más de un siglo, y ellos, como sus antepasados, resisten. Aún después de que el fuego arrasara gran parte de sus tierras este último verano.

“El fuego venía como una ola de 100 metros. Nos prendíamos por todos lados, solos. Nadie entraba. A las once de la noche apareció un pibe de El Bolsón que nos ayudó, si no, no sé qué habría pasado”, recuerda Guido, con la voz serena pero los ojos encendidos por la memoria.

Las llamas devoraron parte de su chacra, el corral, y hasta sus ovejas. “Solté las ovejas, pero igual se quemaron. Pensé que perdíamos todo. Llevamos las herramientas, el camión, lo que pudimos, y seguíamos apagando con mangueras. Era fuego por todos lados”.

María, sin miedo, con un tarro en la mano, apagaba brasas sobre el techo. “Llovía fuego, caían brasas encendidas como si fueran hojas. Yo apagaba y pensaba en Dios. No me asusté. Solo pedía: ‘Cúbrenos, Señor’”, cuenta con una tranquilidad que estremece.

Cuando su hijo llegó para sacar a su madre por seguridad, ella se negó. “Yo no me voy. Me quedo en mi casa”, dijo firme. Y ahí se quedó. Defendiendo su hogar, su historia y todo lo que construyeron en silencio durante décadas.

“Nunca pensamos en irnos”

A pesar del drama vivido, Guido y María jamás consideraron dejar el campo. “Yo al pueblo no voy. Así tenga un ranchito acá, me quedo. Me crié con la siembra y los animales. Nunca pensé en largar todo”, afirma María, mientras pica verduras en su cocina, como cada día.

Guido, por su parte, recuerda cómo empezó desde cero, sin herramientas, sin saber sembrar ni criar animales. “Aprendimos mirando, trabajando. Hoy tengo de todo: herramientas, máquinas, un pequeño cerradero. Pero ya no somos jóvenes. Solo queda resistir.”

Más que supervivencia: identidad

Perder animales, cosechas, parte del galpón o la chacra, no los doblega. “Dios sabe por qué hace las cosas. Nosotros seguimos. Ya no estamos para grandes proyectos, pero la vida sigue”, dice Guido.

Y mientras cuenta cómo esconde sus vacas al caer la noche para que no se las roben, o cómo construyó su galpón con madera propia, queda claro que lo que defiende no es solo un terreno: defiende una forma de vida que no quiere ser olvidada.

“Muchos hacen cursos y no saben plantar una papa”, lanza Guido con tono firme. “Nosotros sabemos trabajar, sabemos vivir del campo. Y eso no se enseña en una clase. Se aprende en la vida”.

En un país que muchas veces mira más a las ciudades que a los campos, historias como la de Guido y María son faros silenciosos. En cada manguera arrastrada, en cada llama apagada con las propias manos, hay un testimonio de resistencia, de amor a la tierra y de la dignidad que no se rinde.

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