Reforma laboral en Argentina: ¿quién se sienta y quién se queda parado?

El Gobierno vuelve a poner sobre la mesa la posibilidad de una reforma laboral. En una economía marcada por la informalidad, el impacto no será igual para todos. Empresas, trabajadores formales e informales, y el propio Estado juegan su parte en este tablero.

La economía argentina se caracteriza por su estructura dual, tiene dos caras: un sector formal y otro informal. En el primero, las relaciones laborales están reguladas por leyes y convenios colectivos. El trabajador formal tiene un horario, un escritorio, obra social, vacaciones pagas y un salario mensual.

En el sector informal, en cambio, el ingreso depende de lo que se logre vender o producir día a día. No hay cobertura médica, ni vacaciones, ni estabilidad. “Tal vez trabajes fines de semana y feriados y probablemente no tengas vacaciones o no cobres si las tenés”, señalan los sectores sindicalizados.

La frontera entre ambos sectores no es tan clara. Hay trabajadores informales en oficinas y microempresas que no pueden afrontar los costos de la formalización. Según estimaciones, “estas formas de trabajo precario representan un 43,2% del empleo total”.

En países ricos, el sector informal es reducido. Aunque las plataformas digitales han generado nuevas formas de empleo, la informalidad sigue siendo más prevalente en economías con menor desarrollo.

Las razones detrás de la reforma

Dos motivos impulsan la discusión sobre una reforma laboral. El primero es el paso del tiempo, que vuelve obsoletas las normas vigentes. “Se necesitan escribir leyes laborales que den cuenta del nuevo contexto”, afirman desde diversos sectores que mantienen la lupa puesta sobre las dinámicas laborales.

El segundo es la alta informalidad. Algunos economistas creen que las leyes actuales desalientan la creación de empleo formal. “Si hay informalidad es porque las leyes hacen que las empresas que pueden ofrecer empleos formales no quieran crearlos”, sostienen.

Otros economistas, como el autor del texto, consideran que el problema es estructural. La clave estaría en el crecimiento económico.

Una reforma laboral no necesariamente implica pérdida de derechos. “Lo más importante: una reforma no tiene por qué ser en contra del trabajador”, aclaran desde el sector, además de pronunciarse exactamente por el contrario a aquella premisa.

Impacto según el lugar que ocupás

El efecto de una reforma depende de si sos trabajador formal, informal o empresario. Aunque no se conoce la letra chica, se sospecha que el oficialismo buscaría “eliminar derechos y minimizar el poder de los sindicatos”, lo que se traduce en una “flexibilización laboral”.

Si sos trabajador formal, podrías perder derechos adquiridos. “Vos ya estás arriba cuando los bondi vienen llenos y te obligan a bajarte”, se grafica. Además, el Estado podría recaudar menos si se reducen los aportes patronales.

Si trabajás en negro, el impacto sería limitado. “Me cuesta creer que esta medida puntual te cambie la vida”, presentan los sindicatos y trabajadores organizados. La posibilidad de acceder a un empleo formal con derechos seguiría siendo baja.

Para las grandes empresas, una reforma sería beneficiosa. “Estabas viajando en primera clase y te acaban de agregar otra copa de champagne en la cena”, ironizan al explicar el asuntos desde medios nacionales críticos al gobierno nacional. Para las PyMEs, podría significar alivio frente a una situación que las ahoga.

¿Qué reforma y para quién?

El Estado también juega su parte. “Si hay un empleador que negrea es el propio Estado”, denuncian precisamente sus contratados en el ejercicio de monotributar sostenidamente hace años.
En otras palabras, la contratación de monotributistas para tareas de relación de dependencia es una práctica extendida.

Para que una reforma beneficie a todos, las empresas deberían generar empleo de calidad. Algunos creen que la desregulación lo permitiría; otros, que sin crecimiento económico sostenido, no hay reforma que valga.

Revisar convenios colectivos desactualizados y diseñar incentivos para nuevas contrataciones podría ser parte de la solución. “Se podrían considerar cuestiones como una rebaja de aportes patronales para nuevas contrataciones de empresas nuevas o pequeñas”, se propone.

La informalidad es una realidad que no se resuelve solo con reformas. “El empleo privado está estancado desde el 2011 y el poco dinamismo que se observó en el mercado laboral en estos dos años se asocia a changas y cuentapropismo”, reconoció el presidente Milei. Sin crecimiento, no hay sillas nuevas. Y sin sillas, sentarse será cada vez más difícil.

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